“MATOLOS, CORTOLOS… ¡Y SE LOS COMIO EN TAMALES!”

EL ALARMA: LA REVISTA GORE QUE CHORREABA SANGRE

Para quienes circulábamos por las calles del antiguo Distrito Federal en las últimas décadas del siglo XX, era de lo más común y corriente (en la más amplia acepción de la palabra), observar en los puestos de periódicos una publicación que los lunes de cada semana mostraba en su portada los crímenes y noticias de la nota roja más aberrantes y vendedores del momento, pero también de las páginas mas vergonzosas de la historia criminal de México. 

Su nombre era el “Alarma!”,  y parte de su atractivo era mostrar descarnadamente fotografías de los sucesos delictivos; pero lo más  curioso eran los titulares que detallaban la noticia, en los cuales la ironía y el lenguaje popular eran parte del “encanto” que mantuvo activa a la publicación durante más de 25 años, de 1963 a 1986, cuando la censura lo alcanzó, parcialmente, pues tuvo un cambio de nombre aunque su legado aun persiste activo en otras publicaciones que han replicado su fórmula.  

Lo cierto es que el fenómeno del  “Alarma!”  ha sido objeto de estudio bastante concienzudo y ha sido valorado como parte de la idiosincrasia popular mexicana; por ejemplo, en el Museo del Estanquillo, legado del muy recordado intelectual de lo popular, Carlos Monsiváis, autor del libro Los mil y un velorios, fue objeto de una muy detallada recopilación y reflexión sobre las repercusiones de este género periodístico en la vida cotidiana de México, desde el siglo XVIII hasta aquella actualidad (el año 2017). 

En este sentido, podemos decir que la vida de la nota roja corre de forma paralela a la historia de la nación y su relato parte desde los asesinatos seriales y canibalismo atribuidos a las culturas prehispánicas, relatados en El libro rojo de Manuel Payno y Vicente Riva Palacio, y continua con los fusilamientos  de personajes históricos nacionales, pero tiene su punto de inicio  formal con los tempranos diarios de nota roja entre los que se puede documentar en 1889 un reportaje del diario El Mercurio Occidental y continua con el trabajo de los grabadores Manuel Alfonso Manilla y José Guadalupe Posada, quienes ilustraron decenas de hojas volantes con noticias de asesinatos y crímenes por demás sonados en las primeros años del siglo XX, como la Banda del Automóvil Gris o el asesinato de la familia Dongo. 

Por supuesto, ríos de tinta corrieron, a la par de los ríos de sangre, que inundaron las páginas del “Alarma!” y pasquines afines en  aquellos reportajes acerca de los criminales seriales más famosos de la historia nacional, entre los que destacan:

“El Chalequero”,  quien mató a 20 mujeres en ocho años fue contemporáneo de Jack el Destripador, y tiene la poco honrosa fama de ser el primer asesino serial del que se tiene registro en este país. 

Gregorio “Goyo” Cárdenas o “El estrangulador de Tacuba”, quien cometió sus crímenes en 1942. Sus víctimas fueron una compañera de profesión y 3 prostitutas, con quienes tuvo relaciones sexuales, las ahorcó y enterró en el jardín de su casa.  

Higinio Sobera de la Flor “El Pelón”, quien en 1952 saltò a la fama por su extraña relación edípica y por  ser chofer de la estrella Ana Bertha Lepe. Tras ser descubierto  y capturado fue recluido en el manicomio de La Castañeda en donde su caso tomó un sesgo coprológico,  pues se afirma que con su propio excremento “pintaba” murales en las paredes. 

Las máximas representantes femeninas del crimen serial son las hermanas González Valenzuela “Las Poquianchis” a quienes se atribuye el asesinato de por lo  menos 150 personas, la mayoría prostitutas, que trabajaban en sus burdeles; y más recientemente a Juana Barraza Samperio “La mataviejitas”, de oficio luchadora, quien responsable de 16 asesinatos de personas de la tercera edad cometidos entre 1990 y 2006, en la Ciudad de México. 

Pero el caso más reciente, más mediático y políticamente redituable es el de Andrés Mendoza, un hombre que asesinó con total impunidad a por lo menos 19 mujeres a lo largo de 31 años en Atizapán, Estado de México; inspiración de la serie Caníbal: Indignación total, la cual sigue causando esa terrible combinación de asco y asombro, repulsión y atracción que capta la atención de millones de televidentes,  o como Carlos Monsiváis describiría: Alarmadas y complacidas, las multitudes se detienen como ante un escaparate: allí a su alcance la dotación de ríos de sangre, traiciones, iniquidades, perversiones, robos.[…] 

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