LA CRUELDAD ANIMAL

OTRO CAMINO HACIA LA EXTINCIÓN

Después de dos milenios de civilización, tenemos una idea muy compartida del panorama que busca la humanidad. La libertad, la democracia, la justicia social y el disfrute de la cultura, son algunas metas de cualquier sociedad moderna vislumbra y quiere alcanzar. 

La esclavitud ya es un lejano recuerdo y muy raro es el trabajo donde la explotación física sea atroz. Por eso cuidamos que las relaciones laborales sean cada vez más justas, con o sin sindicatos. 

Curiosamente, cuando llegamos a la cumbre de nuestros máximos logros como especie, también estamos terminando con los principales atributos que nos hicieron llegar hasta aquí. Una de estas paradojas es nombrar como Grandes Maravillas aquellas obras levantadas con la esclavitud o la explotación, que al menos son atractivos turísticos y no hay país que se salve de esto. 

Empecemos con nuestras majestuosas pirámides, en Teotihuacán o Chichen Itzá, pero también vayamos a los palacios de Europa, como Versalles, el Palacio Real de Madrid, o el Kremlin. Las catedrales de San Pedro o San Petesburgo, la Abadía de Westminster. No se diga las pirámides de Egipto o más al oriente el Taj Mahal, de la India, o la Ciudad Prohibida de Pekín. Mínimamente son orgullos nacionales. 

Aunque menos feroz, se tiene la conciencia de que la competencia de rascacielos entre Nueva York, Dubai, Abu Dabi, Shangai, Vietnam, Corea del Sur o Malasia, también son resultado del desequilibrio económico del capitalismo mundial, con una África sumida en la miseria. 

Detrás de cada maravilla o logro humano hay historias donde unos pocos se impusieron a una gran mayoría, ya fuera mediante una revelación mesiánica, alguna convicción, pero no pocas veces impuesta con dureza y hasta franca crueldad. 

Pero así podemos irnos más atrás, muy atrás, y saber, que la supervivencia de nuestros ancestros dependió de actos de guerra, del uso de la violencia y de haber matado primero a quienes los quisieron matar. Todos estos recursos que les permitieron sobrevivir, hoy siguen habitando en nuestro neocortex cerebral, y no se diga lo que hay en nuestro bulbo raquídeo: aquellas victorias contra otras especies, por defendernos o por comérnoslas. 

El trato con las demás especies animales ha sido diverso. Algunas han sido francas amenazas en la competencia, como las plagas, los venenosos y los depredadores; pero otras han sido acompañantes y les debemos siglos de progreso. La falsa historia de la rueda es en verdad el uso eficiente de bestias de tiro. En Teotihuacán se hallaron juguetes con ruedas, pero ni siquiera hicimos una ganadería para obtener proteínas, más allá del xoloitzcuintle y el axolotl. 

En los últimos siglos, la población mundial tiende a desplazarse del campo a la ciudad, es decir, se aleja de las granjas y del trato a los animales básicos para nuestra alimentación. En estas lejanías los hemos humanizado en historietas, películas, programas de televisión, etc., creando simpatías artificiosas e ignorando todo sobre su manejo. 

Claro que nuestras mascotas (más que humanizadas, familiares) son la única ventana hacia otras especies y así le endilgamos nuestras filias, fobias y valores cosmopolitas, como la igualdad social, los derechos a todo, accesos libres, etc., y aplicados a rajatabla. 

Ya no queremos comer animales o sus productos, que hayan sido explotados, mucho menos le vemos sentido a las corridas de toros. En lugar de hijos, queremos perrhijos y por supuesto nos importan más las noticias sobre muertes de mascotas que de personas. 

Todo muy simpático, pero si ya la educación provocaba un retraso en nuestra proliferación, todas estas causas y conductas supresoras se suman a otras similares, que nos llevan a la larga, hacia una incompetencia como especie y de ahí a la extinción. Aunque siempre diremos que ya somos demasiados. 

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